La idea de sus piernas encima mientras la toca ligeramente alrededor de las caderas, tener su espalda pegada al pecho y sentir esa presión que su cuerpo ejerce, mientras hablan con los amigos reunidos para su cumpleaños número xx, le provoca esa peculiar sensación de cosquilleo, le enrojece la mirada y lo encierra en sus pensamientos.
Toma la cerveza bien fría del refri, justo para cerrar un día de primavera, y al agacharse para tomarla siente esa mano agarrando sin duda lo que en ese momento es suyo, la abraza fuerte y le dá el mejor de los besos, ahí se pierden hasta que una pareja de amigos llega a la cocina.
Salen al pasillo y las paredes se les interponen, se tocan hasta las ideas y humedecen sus labios, pasan sus lenguas por sus cuellos, sus ombligos, las manos pierden el sentido y lo prohibido se vuelve obsoleto. La ropa no es obstáculo para lograr la sensación de agitación que no puede ser culminada porque su teléfono suena y debe regresar a casa.
Lo importante de esto es que nunca supieron sus nombres, ella tenía los labios rosados y él el corazón en la mano.
Claro que sabemos nuestros nombres
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