La lluvia casi torrencial de aquella noche, enfrío su
cuerpo, dejó salir algunos suspiros… Dónde estaría?, qué hacía?...
Las múltiples almohadas ayudaron a calmar la particular
opresión en el pecho, cerró sus ojos y logró recordarlo, pero notó que cada vez
que algo así pasaba, las imágenes eran borrosas, las palabras confusas y los
gemidos difusos, lo estaba olvidando.
Así le ha sucedido desde siempre, una intensidad absoluta y
tan incondicional que cuando ha decidido no volver a recordar más, las personas
dejan de importarle lo suficiente como para ya ni siquiera poder describirlas.
La noche dio pasó a la madrugada, hizo el ritual al
levantarse, estirar, calentar agua para té, una fruta, la ducha, crema,
perfume, vestirse, preparó su café y la comida para el día, salió corriendo.
Una vez en el auto cambió un poco la ruta y de hecho los
planes, antes de la clase, pasaría por un pan de chocolate (raro porque casi no
le gusta el dulce). En el camino todo fue rápido, en un alto en medio de una de
las principales avenidas de está caótica ciudad, mientras cantaba y sonreía
porque ese día era un nuevo día… lo vio pasar con un café en la mano, no
llevaba portafolio y su vestimenta era muy él, casi los mismos tonos, la
complexión un poco más robusta por la edad y los años.
Había tiempo de sobra para tocar la bocina, o para bajar el
vidrio y llamarle, para quizá aventarle el auto y que notara que ahí estaba
ella; lo observó con gran emoción, con
una suave sensación y por esos ligeros instantes todo el escenario de ese
momento, los ruidos y la gente desparecieron. La bocina del carro de atrás la
sacó de su implosión a aquellos recuerdos que por unos pocos meses le hicieron
de la vida un deleite, el verde se había puesto.
Ella avanzó normal, con la misma velocidad de siempre, la
sonrisa habitual de un jueves por la mañana (que es la misma del resto de la
semana jajaja). Y lo dejó ir…. de nuevo.
Esa fue la última vez que supo de él.
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